sábado, 26 de enero de 2013

Una vida, dos libros



El 12 de febrero se cumplirán 29 años del fallecimiento del escritor argentino, Julio Cortázar. Para esa fecha yo contaba 18 años y ya me había leído gran parte de sus libros, Rayuela, Los Premios, Bestiario, Salvo el Crepúsculo, Todos los fuegos, el fuego, Historia de Cronopios y de Famas…, tenía una fascinación por los cuentos “Casa Tomada” y “La Autopista del Sur”,  y lloré su muerte como si se tratara de un gran amigo.

Pero realmente sabía muy poco de quién era Julio, hasta que llegaran a mis manos, recientemente, dos biografías; la primera escrita por Miguel Herráez, catedrático de Literatura Española en la Facultad de Humanidades y CC. De la Comunicación de la Universidad CEU Cardenal, Valencia, España (Julio Cortázar, una biografía revisada, editorial Alrevés, 2011 ) ; la otra, del poeta y novelista argentino, Mario Goloboff (Julio Cortázar, la biografía, Seix Barral, 1998).

Fue como hacer una disección a su figura idílica. Decantación y reconstrucción de una personalidad única e inmortal. Curiosamente, o quizás porque se trata del creador de los cronopios, leer ambos libros no fue tarea de desandar dos veces el mismo camino. Hablan del mismo J.C., pero el énfasis en ciertos episodios hace la diferencia. Me decepcioné de él un poco leyendo a Herráez, y lo reinvindiqué leyendo a Goloboff.

¿Cuál podría ser, entonces la diferencia? Me inclino a pensar en que las citas y entrevistas de conocidos, amigos cercanos y familiares de Julio en la obra de Herráez, no hablan del hombre en sí, más bien de aquél que cada uno de esos testigos dibujó en su memoria y en sus afectos. 

En cambio, Mario Goloboff, teje la trama de su vida entre las líneas de su narrativa; cada cuento, poema, novela tiene su conexión con la transformación humana y política que moldea el carácter de Cortázar. Intuyo, desconociendo el vínculo afectivo de ambos autores con Julio Cortázar, que Goloboff es más cercano, más íntimo, sin entrar en pequeños detalles privados como lo hace Herráez. Los testimonios de Aurora Bernárdez son fundamentales en la obra de Herráez, así como las citas epistolares del escritor. En  la obra de Mario Goloboff, también habla J.C. a través de su correspondencia, pero es más del hombre público y el transcurrir de su vida en forma paralela a su obra y la exposición ante los medios masivos, en entrevistas, ensayos y artículos de opinión. 

Herráez se extiende más que Goloboff en la vida del escritor antes de ser el escritor. Su infancia, sus paranoias, sus gustos y aversiones, aquellos padecimientos físicos que llegaron a inspirar varias historias… También hace entrever algunas posturas cómodas e interesadas del escritor con sus amigos, habla más del desapego con el padre y sus razones, de sus relaciones sentimentales, de algunos viejos amigos, fuente de inspiración de sus personajes. También se refiere a sus viajes por el mundo, facilitados por su trabajo como traductor de la Unesco y el alejamiento de su patria en momentos cruciales para su carrera. “Bestiario establece el antes y el después, un antes que se desintegra al punto de interrumpir su correspondencia, tan cara un lustro atrás, con las Duprat o con Mecha Arias o con Gagliardi (…) y un después que mira hacia Europa, pero qué, curioso, no olvidará Banfield”. (Una biografía revisada…pág. 139).

Al terminar de leer la obra de Herráez sentí un leve distanciamiento, me envolvió en la idea de que  no-te-quiero-definitivamente-tanto,-Julio. Pero, al volver a su vida, en las páginas de Goloboff aparece esta bipolaridad que me hace admirar su pluma, a compadecerlo por el desaire que recibió al regresar a la Argentina, tras la asunción del presidente Raúl Alfonsín, y a comprender que el valor que siempre le di a Cortázar fue por su prosa y poesía y no por sus posiciones políticas.

Revolución en los 60

Las inclinaciones de Cortázar a las causas cubana y sandinista eran conocidas, pero en ambos libros se puede medir el alcance de sus compromisos. Herráez describe a un escritor que confiesa no saber nada de política, como le dirá a Paul Blackburn, pero admite haberse enfermado incurablemente de Cuba, (carta al poeta y periodista cubano Antón Arrufat). “Con Cuba descubrió y llegó a entender el fenómeno de las masas y la devoción al mito, que sin embargo, tanto había aborrecido del peronismo…”, dice Herráez (Pág. 205) y sobre este tema, Goloboff se extiende y nos ofrece la propia explicación en palabras de Julio Cortázar: “En estas islas terribles en que vivimos metidos los sudamericanos (pues Argentina o México son tan insulares como su Cuba) a veces es necesario venirse a vivir a Europa para descubrir por fin las voces hermanas. Desde aquí, poco a poco, América va siendo como una constelación, con luces que brillan y van formando el dibujo de la verdadera patria, mucho más grande y hermosa que la que vocifera el pasaporte”. (Pág. 160)

Ciertamente fue un momento estelar para la determinación de los pueblos latinoamericanos aquellos años de luchas revolucionarias, mismo tiempo en el que también se esparció el boom de los escritores de este continente, algo que no resulta casual y que encaja en el análisis de Goloboff.  

Necesario mencionar el distanciamiento de J.C. con sus colegas latinoamericanos, relacionado con el pronunciamiento contundente en contra de  la detención del escritor cubano Heberto Padilla y  su esposa, la también poeta Belkis Cuza, acusado de contrarrevolucionario a principios de 1970.  Cortázar firmó la primera, más no la segunda carta de protesta, ésta última redactada por Vargas Llosa, Hérraez no da mayores razones de este  episodio, y queda la sensación de una postura poco solidaria del escritor argentino. Por su parte, Mario Goloboff precisa la influencia que ejerció J.C. para suavizar los términos de la primera misiva, que aún así no fue del agrado de las autoridades cubanas. Luego estaría el distanciamiento de  intelectuales, tanto de derecha como de izquierda,  con Cortázar. Mejor aún es leer su respuesta en el texto “Policrítica en la hora de los chacales”, prácticamente un poema, que en algunos casos pudiera ser críptico: “…Hay que gritar una política crítica, hay que criticar gritando cada vez que se lo cree justo, sólo así podremos acabar un día con los chacales y las hienas”. (valioso el aporte del libro de Goloboff, en el  apéndice, donde se puede leer este texto completo, además de los artículos completos en reacción por el premio Medicis que recibió el autor en Francia, 1974 , por El libro de Manuel y cuyo valor en metálico fue donado a la izquierda chilena). 

Sobre el episodio de Padilla también escribe Herráez: “Si es verdad que firmó, como hemos adelantado, una primera misiva pidiendo explicaciones a Castro por la detención de Padilla, no lo es menos que simultáneamente trató de justificarse frente a Fernández Retamar y Haydée Santamaría emisarios e interlocutores entre las autoridades de La Habana y él mismo”. (Pág. 212).

Lo mejor de ambos libros es que nos ofrecen la oportunidad de conocer lo que Julio Cortázar opinaba de su propia obra  (por cierto, no resulta creíble su desdén ante la crítica, bajo el argumento de estar demasiado ocupado en escribir). Una de esos análisis lo encontramos cuando se hace referencia a la novela Los Premios. “Un viaje que nunca, realmente se realizará… Las intrigas, las relaciones nuevas que se tejen, las viejas que se destejen, la personaldad de algunos de los integrantes del grupo, la lucha contra la tripulación (que mantiene a la gente en la ignorancia sobre los verdaderos motivos por los que el viaje no se realiza)”. (Goloboff, pág. 116). Y entonces vemos esta frase de J.C. tan contundente: “Se me ocurre que Los Premios es un espejo sin pretensiones, pero bien azogado. La gente se puede mirar, afeitar y peinar con confianza delante de él, porque a cada uno le sale su propia cara, que es lo que necesitamos algunos argentinos, hartos de tanta cara prestada”.

Con o sin Borges

Ambas biografías, era inevitable que fuera así,  también hacen mención al vínculo intelectual y afectivo entre J. Cortázar y J.L. Borges. El cuento Casa tomada se hizo público por primera vez en Los Anales de Buenos Aires (diciembre de 1946),  que tenía como secretario de redacción a Jorge Luis Borges, quien no conocía personalmente a Cortázar, pero además le solicitó a su hermana, Norah Borges, la ilustración, que finalmente no fue del agrado del autor del cuento.

En un viaje a la India, cumpliendo compromisos profesionales para la Unesco, en el año 1956, Julio Cortázar, escribe un poema que le dedica a Jorge Luis Borges, y que es la introducción del texto “The smiler with the knife under the cloak”, en el que se manifiesta el afecto que siente por él, y cito las mismas comillas de Goloboff: “a lo mejor, Borges, alguien se lo lee en Buenos Aires y usted se sonríe, lo guarda un segundo en su memoria que conoce mejores ocupaciones, y a mí eso me basta desde lejos y desde siempre”.

Curioso este análisis comparativo que hace Goloboff entre ambos escritores: “El mundo de Borges es … ´profesionalmente irreal´. No hay para él otra realidad que la irrealidad. Ni otra causalidad que la fantástica (…); la realidad, como tal, no tiene existencia alguna. (…) Para Cortázar, en cambio, la realidad, nuestra realidad, lo abarca todo, inclusive lo fantástico. (…) El mundo fantástico, para Cortázar, está dentro del nuestro” (Goloboff, pág. 79). 

Pero si algo se observa de esta relación es que más allá de sus posiciones políticas (lo mismo ocurre con Mario Vargas Llosa), y manteniendo firmemente sus convicciones, ambos escritores conservaban el respeto y el aprecio.

“Julio jamás le hubiera negado un saludo a Borges”, señala Aurora Bernárdez en el libro de Herráez, pero de seguidas el catedrático relata lo siguiente: “ En 1968, Borges dictó una conferencia en Córdoba, sobre literatura contemporánea en América Latina. En ella ensalzó a Cortázar como un espléndido escritor, como un autor ya de obra consolidada e importante. En la conferencia, no obstante, Borges lamentó que Cortázar  militara en la ideología en que lo hacía, pues ello le imposibilitaba considerarlo amigo porque ´desgraciadamente nunca podré tener relación amistosa con él, porque es comunista´ (no queda claro si efectivamente Borges dijo eso o fue una “tergiversación periodística”). Sobre ese asunto y acerca de cuál era el valor que el Borges literario despertaba en él, Cortázar le comentó a Fernández Retamar, en octubre de ese mismo año, ´cuando leí la noticia en los diarios, me alegré más que nunca del homenaje que le rendí en  La vuelta al día… Porque yo, aunque él esté más ciego ante la realidad del mundo, seguiré teniendo a distancia esa relación amistosa que consuela de tantas tristezas”. (Herráez, pág.  226).

Ugné Karvelis, entregó para el libro de Mario Goloboff una foto de ella con Borges, con la siguiente nota: “La foto con Borges tiene una historia: él no había estado en Francia desde hacía un buen tiempo, y Julio, habiéndose negado a asistir al almuerzo que Gallimard organizó en su honor, me encargó de decirle a Borges que seguía siendo un gran admirador del escritor y de su obra, pero que le resultaba imposible encontrarlo por razones que ciertamente él comprendería. Transmití el mensaje a Borges y él estaba contento”. 

No he pretendido resumir la vida de J.C. en estas líneas. Se puede comenzar por leer estos dos excelentes libros, para compartir sus pasos y vivirlos a su lado, como una sombra que lo extraña en un futuro sin él. Me quedo con la fragancia que me dejó  Mario Goloboff (realmente agradezco mucho a quien me lo prestó), aunque seguiré abriendo las páginas del libro de Miguel Herráez, para reojear citas, imágenes y seguir recordando a Julio como el escritor de mi adolescencia.

La Caricatura del encuentro entre Borges, Cortázar y Kodama frente a "El perro semihundido" de Francisco de Goya en el Museo del Prado, por Juan Lázaro Rearte, fue tomada del blog A través del Uniberto, del cual recomiendo un  texto que escribió Borges al morir J.C., en 1984, que se ofrece en ese magazine de Humberto Acciarressi.

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