viernes, 25 de enero de 2013

Un canto en Rondalera


Publicado en El Universal, el 14 de abril de 2007. Para esta versión, lo actualicé con datos adicionales...

Recientemente leí un articulo donde se explicaba que la forma como veíamos la historia es la forma como nos vemos a nosotros mismos. La historia sugiere cómo es la humanidad. Podemos verla a través de las guerras,  en ese sentido más allá de la destrucción que envuelve en sí misma cada batalla, justificamos el derecho de la libertad, de la democracia y construimos la sociedad que creemos ser.

Pero hay otra historia que pocas veces vemos en las aulas escolares, que puede estar en los hechos cotidianos, diversa de acuerdo con cada región del país, y a la vez homogénea en nuestra idiosincrasia. No es fácil identificar en los libros, pero fue un centro educativo, Rondalera, en sus 40 años de existencia, lo que me motivó a asociar aquellas reflexiones sobre lo que somos y cómo nos vemos cuando buscamos nuestro pasado.

No es propiamente las cuatro décadas de esta institución la historia que quiero referir, aunque cabe reconocer su innovador sistema de enseñanza, en el cual la práctica pedagógica incluye el respeto por las diferencias individuales de los alumnos y la necesidad de expresión creadora para su desarrollo integral. Pero su celebración si tiene que ver con la forma en que me gusta reconocerme dentro de la sociedad venezolana.

La Asociación de Padres y Representantes convocó a un encuentro de alumnos y egresados, con unas "sorpresas" musicales:  Rafael "el pollo" Brito, Diego Álvarez (egresado de Rondalera), Roberto Koch (quienes juntos conforman el Bak Trío), Huáscar Barradas, Aquiles Báez, Leo Blanco y Huguette Contramaestre.

Esta es una historia de melodías, instrumentos de cuerda, viento y percusión. Todos estos jóvenes músicos venezolanos han adaptado las tradiciones musicales del país a ritmos innovadores, alternativos, creativos y con un respeto a los orígenes. "El Pollo" Brito no tiene cinco dedos en su mano derecha; cuando toca se multiplican y viajan desde los llanos hasta la costa, definiendo a Venezuela. La guitarra de Aquiles Báez tampoco es una guitarra, se transforma en tambor, o en niña traviesa que juega con las canciones guardadas en el inconsciente. Suena la flauta de Huáscar Barradas y uno se imagina el amanecer en una carretera del llano. Leo Blanco interviene sin anunciarse desde el piano, y se mezcla con el resto de los músicos para cerrar con un toque de salsa y "Llorarás". El cajón de Diego Álvarez y el bajo de Roberto Koch son puntos de encuentro entre el  Pollo Brito, Barradas y Aquiles e inspiran a ex alumnos, padres y amigos a soltar las caderas y brotar del cuerpo la esencia caribeña y afroamericana que nos envuelve.

Es la historia de nuestras mezclas culturales la que dicta el ritmo de esta clase, que en aula abierta, me hace pensar en Teresa Carreño, quien se hizo conocer internacionalmente en el piano, en un tiempo y una sociedad donde rara vez se reconocía a la mujer como virtuosa para la música. Me recuerda a Otilio Galíndez, a Luis Mariano Rivera, a Aldemaro Romero, a Henry Martínez, por mencionar a los compositores que he seguido. Son los sonidos de esta Venezuela los que quiero recordar.

Las aulas deberían llenarse del recuerdo de aquellos venezolanos creadores que dejaron en melodías y letras el retrato del país que ellos vieron con su inspiración. Así como de otros miles de venezolanos olvidados en una sociedad sin pasado, innovadores en ciencia, como Humberto Fernández Morán, inventor del bisturí de diamante; en arquitectura, Carlos Raúl Villanueva; o en gente sencilla como Juan Félix Sánchez...Rondalera celebró con música sus 40 años, una institución que cada año se lleva a sus muchachos con sus mochilas a recorrer Venezuela y a conocerla a través de su gente y sus anecdotas. La música es una herencia que le debemos dejar como parte de la educación, sigo pensando mientras recuerdo esa tarde que cerraba con el himno del centro educativo, que le rinde homenaje a Mercedes Angarita, fundadora y directora del plantel, y cuya letra fue escrita por el poeta margariteño Jesús Rosas Marcano. Me queda en el recuerdo su última estrofa como un eco: "…y cómo se pondría alegre, si (Simón) Rodríguez estuviera".

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