viernes, 25 de enero de 2013

En mi cuna musical



Publicado la primera vez en Facebook, el 23 de junio de 2009

Si hay algún maraquero a quien le haría una reverencia hoy día, ése es el negro Laya. ¡Qué gusto para mover las manos! Yo lo escucho y veo como de sus dedos saltan los grillos, la lluvia o un caballo galopante, a veces al trote, a veces paso a paso. Recientemente, acompañó al cuatrista Carlos Capacho, y a la salida, no pude evitar acercármele y darle las gracias por ser como es. Salí un rato del lobby. Al regresar, veo a mi madre conversando con él, diciéndole otros cuantos piropos, sonrojándole con su verbo...
Cuando le cuento a mi hermana Alba sobre esa conversación,  ella me dice: "Y yo lo abracé, y le froté mis manos en la espalda, diciéndole ¡a ver qué se me pega de este músico!".

Así somos los Pedreáñez, o las Pedreáñez, que crecimos escuchando música venezolana, unidas por las cuerdas de los cuatro, mandolinas y guitarras, aprendiendo solfeo con Hugo Corsetti, a tocar en una estudiantina con Nacho Valera, en el Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, y con Orlando Gámez, en la Universidad Central de Venezuela; unidas en el canto y la calidez que representa la música. "Quien crea música no puede abrigar nada malo en su ser", me dijo mi hermana Chally, quien se lo escuchó decir a alguien más. Por eso amo a los músicos de mi país, que me dan el mejor lado de esta tierra mágica, rítmica, armónica, de compases y suspensos. Gracias a mis padres por ese regalo a nuestros oidos y gracias a Dios por acunarlos a todos en Venezuela.

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