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sábado, 28 de marzo de 2015

Volver a Vytas, volver a vivir... Bravo por Brenner

Varias negativas tuve de mis hijos cuando les pedí que me acompañaran al concierto en homenaje a Vytas Brenner. Pero a última hora se decidieron y yo estaba feliz de que ellos disfrutaran conmigo la sorpresa de descubrir y redescubrir gratamente los temas del músico venezolano (nacido en Alemania, pero que se vino a los dos años a este país para crecer con sus ritmos y la visión de esta hermosa naturaleza que nos cobija).

Vytas Brenner fue un visionario, y decirlo treinta años después es fácil. Su música sigue siendo contemporánea, actual, quiéranlo llamar neofolklore, o rock venezolano, tecnomusic, fusión. Jóvenes músicos, agrupaciones de hoy y los maestros que compartieron escenarios con Brenner se unieron en esta ofrenda con un reducido público que no llenó el Teresa Carreño, pero que triplicó la energía y el entusiasmo de una sala llena, al revivir temas que el autor bautizó con una clara idiosincrasia que enaltece a Venezuela. Cada nombre es tan nuestro, aunque también exista en otras latitudes. El amor por la naturaleza y el paisaje también fueron su fuente de inspiración.

 “Araguaney”, “Tragavenado”, “Guacamaya”, “Agua clara”,  “Morrocoy”,  “Catatumbo”, “Frailejón”, “Oro Negro”, “San Agustín”, “Caracas para locos”… ¡Quién podría apostar que posiblemente en 2015, si Vytas Brenner estuviera vivo no habría compuesto una nueva versión musical bajo el nombre “Caracas para motos”!

Vale decir que Vytas Brenner se estrenó como compositor al realizar por encargo de la entonces Primera Dama, Alicia Pietri de Caldera, un documental sobre los niños de Mérida, en el año 1972. La pieza era "Frailejón" (una de mis preferidas), fue su primer hit y el sello que marcaría su estilo musical. Así era como desde la Fundación del Niño, se le daba rostro a la juventud venezolana en esas décadas.

Mis mayores aplausos

Épico. Esa fue la palabra que se me vino a la mente cuando escuché “El Tren del Encanto”, el sonido claro del movimiento de los motores en el andén, el paseo musical en sí. En esta pieza participó el cuarteto Backhand, de rock progresivo, que continuó con otra versión de “Catatumbo”, que ya había sido ejecutada minutos antes por el grupo Compases.
Fotografía de Emilio Ramón Méndez (emindez@hotmail.com)

El maestro Alí Agüero estuvo a cargo del cuatro solista en "Guacamaya", con una chaqueta amarilla al mejor estilo de los años setenta, hizo vibrar las cuerdas de nuestro instrumento nacional con las tonalidades que hicieron crecer la energía y el entusiasmo. Pero no puedo dejar atrás, sino mano a mano al cuatrista de toda la noche, Miguel Siso, retumbando la caja sonora con nuestros ritmos.

Y como esta nota no tiene orden cronológico, sino como se me viene a la mente, una semana después del concierto, tampoco se pueden obviar las maracas de Manuel Rangel, quien además recibió al público desde uno de los balcones laterales, tocando junto al tecladista Miguel Noya.

Gaélica recurrió a la gaita escocesa y el violín para hacernos recordar el tema “Araguaney”. Huáscar Barradas se lució con “Morrocoy”. Hay un momento, en que aparece en uno de los videos el percusionista Felipe “Mandingo” Rengifo. Habla del don de gente de su amigo. "Un día de mi cumpleaños me vino a buscar a la casa y me invitó con toda mi familia a ir a la suya. Cuando llegamos me tenía organizada tremenda fiesta de cumpleaños". Al músico se le quiebra la voz, "esto era Vytas", dice mientras toma el cuatro y hace vibrar una melodía, el sonido del cuatro salta de la pantalla hasta el escenario, se proyecta en el cuatro de Miguel Siso y la magia de la noche continúa.

Y la Orquesta Sinfónica de Venezuela, con sus 85 años de trayectoria reconocida, ofreció luego del intermedio las magistrales piezas “Oro Negro” y “San Agustín”, bajo la dirección de Alfredo Rugeles, el mismo que estrenó en 1989 junto con Vytas Brenner la Sinfonía Oro Negro. Y para quienes no sucumbieron al ansia de retirarse por la hora, los músicos complacieron un bis con “Canchunchú Florido”.

 Cito la página de la OSV sobre “Oro Negro”:

“Esta obra sinfónica, fundamentalmente descriptiva, consta originalmente de tres movimientos y pinta musicalmente a Venezuela en tres distintas etapas de su historia. Podría ser descrita como poema sinfónico. El primer movimiento simboliza al aborigen venezolano. Más adelante se hace presente el conquistador. Flautas, tambores y trompetas conforman los encuentros bélicos y presentan la lucha en forma de contrapunto. Finaliza este movimiento con la consolidación de la conquista. Con fanfarria militar se inicia el segundo movimiento, afirmando la presencia del conquistador; una batalla musical simboliza la lucha por la libertad. Finaliza con la victoria libertadora. El movimiento industrial llega a Venezuela. Así comienza el tercer movimiento. El país despierta de largas décadas de letargo. La música se hace eco de la fuerza arrolladora de nuestros inicios industriales. Este movimiento reafirma las posibilidades de la Venezuela de hoy y de confianza en el futuro”.

Bravo a todos

La idea de rendir esta ofrenda a Vytas Brenner corrió por cuenta de los músicos Pedro López y Santos Palazzi (director musical). Además de la voluntad de tantos músicos sumados en este encuentro: Además de los ya citados, Alfredo Naranjo, Gerry Weil (el único que interpretó un tema de su autoría dedicado a su amigo “Vytas”),  Julio Alcocer, Jorge Spiteri, Alexis Rossell (en el arpa), Jorge Torres,  José Ignacio Lares,  Carlos Acosta, Ezequiel Serrano, Roldan Peña, Gerardo López, Adolfo Herrera, Yonathan Gavidia, en las voces Biella Da Costa, Sergio Pérez, entre otros.

Arpas, cuatro, maracas, sumados a teclados, bajos... Es la mezcla de la polirritmia venezolana, el joropo, el merengue, los ritmos afroamericanos, con la tecnología de la música electrónica lo que generó esta vertiente de música venezolana, aún vigente hoy. Vytas Brenner fue además, el primer artista que hizo un LP con música en vivo, de dos discos, en Venezuela.


Estar esa noche en el Teatro Teresa Carreño me hizo recordar los sonidos que salían de la radio cuando regresaba del liceo, en medio de la cola, y creía que las cornetas de los autos se sumaban a la melodía de "Caracas para locos", o de “San Agustín”, y convertía el caos de la ciudad en un ritmo elíptico que me transportaba a otro mundo. Es esa misma sinfonía la que aún resuena con emoción en mi memoria.






viernes, 25 de enero de 2013

En mi cuna musical II


Publicado en Facebook el 19 de octubre de 2009
 
Cuando mueve sus manos, por arte de magia saltan de sus dedos grillos, la lluvia, o un caballo galopante, que repentinamente recorta el trote y se pavonea en la llanura. Pero este mago no se pavonea, por el contrario, es humilde, sencillo, se cuela entre nosotros como cualquier otro. Espera su momento, disfruta de sus amigos, y parece medir el instante en que alza los brazos para volver a evocar con su ritmo la fantasía de la música.
Así es Juan Ernesto Laya, Layita, el negro Laya, maraquero Laya. Rompo el formalismo de quien no busca loas, sólo constancia para hacer mejor lo que sabe hacer. Compañero de otros músicos como con el cuatrista Carlos Capacho, pero en el entorno familiar del Ensamble Gurrufío, se muestra compaginado en la camaradería de una agrupación que nos ha hecho a su público parte de sus partituras.
Así como sus manos afirman el suspenso de unas notas, o sellan el final de la melodía, a su lado los dedos de David Peña van saliendo de esa simulada pereza. Simulada, sí, porque suben y bajan como si recorrieran una autopista de arpegios. El Zancudo acaricia su contrabajo y la vibración que evoca se nos asienta en alguna parte de nuestros cuerpos para confundirse en los latidos de un corazón expectante.
Merodeándolos, de un lado al otro, están los agudos silbidos de Luis Julio Toro. Los trazos del pincel de la canción y una firma en el aire que se cuela en nuestros oidos. A Luis Julio no sólo es grato escucharlo en su flauta sino también con su voz sellando historias de canciones y composiciones, en radio y tv. La flauta tiene un vínculo inseparable con el cuatro, que abruma en su potencia y movimientos de la mano de ese diablo, que viste de liquiliqui blanco y sombrero de guama negro. Un diablo, sí, conjurado para preservar la música venezolana en un cuatro que nos da esperanzas a un pueblo que ama su tierra. Cheo Hurtado es un Orinoco que desemboca entre las nubes de Calder, y retumba en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. 
Es un torrente musical sin egoismos y mucho de camaradería, constancia y reconocimiento de que juntos hacen el éxito. Ellos se juntan con un Dios de la mandolina como Hamilton de Holanda, con el augurio de Alfredo Naranjo y la destreza de Alexis Cárdenas, para darnos un regalo en sus 25 años, que hoy como ayer, vibra en nuestras manos, con la fuerza del aplauso.