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viernes, 25 de enero de 2013

En mi cuna musical II


Publicado en Facebook el 19 de octubre de 2009
 
Cuando mueve sus manos, por arte de magia saltan de sus dedos grillos, la lluvia, o un caballo galopante, que repentinamente recorta el trote y se pavonea en la llanura. Pero este mago no se pavonea, por el contrario, es humilde, sencillo, se cuela entre nosotros como cualquier otro. Espera su momento, disfruta de sus amigos, y parece medir el instante en que alza los brazos para volver a evocar con su ritmo la fantasía de la música.
Así es Juan Ernesto Laya, Layita, el negro Laya, maraquero Laya. Rompo el formalismo de quien no busca loas, sólo constancia para hacer mejor lo que sabe hacer. Compañero de otros músicos como con el cuatrista Carlos Capacho, pero en el entorno familiar del Ensamble Gurrufío, se muestra compaginado en la camaradería de una agrupación que nos ha hecho a su público parte de sus partituras.
Así como sus manos afirman el suspenso de unas notas, o sellan el final de la melodía, a su lado los dedos de David Peña van saliendo de esa simulada pereza. Simulada, sí, porque suben y bajan como si recorrieran una autopista de arpegios. El Zancudo acaricia su contrabajo y la vibración que evoca se nos asienta en alguna parte de nuestros cuerpos para confundirse en los latidos de un corazón expectante.
Merodeándolos, de un lado al otro, están los agudos silbidos de Luis Julio Toro. Los trazos del pincel de la canción y una firma en el aire que se cuela en nuestros oidos. A Luis Julio no sólo es grato escucharlo en su flauta sino también con su voz sellando historias de canciones y composiciones, en radio y tv. La flauta tiene un vínculo inseparable con el cuatro, que abruma en su potencia y movimientos de la mano de ese diablo, que viste de liquiliqui blanco y sombrero de guama negro. Un diablo, sí, conjurado para preservar la música venezolana en un cuatro que nos da esperanzas a un pueblo que ama su tierra. Cheo Hurtado es un Orinoco que desemboca entre las nubes de Calder, y retumba en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. 
Es un torrente musical sin egoismos y mucho de camaradería, constancia y reconocimiento de que juntos hacen el éxito. Ellos se juntan con un Dios de la mandolina como Hamilton de Holanda, con el augurio de Alfredo Naranjo y la destreza de Alexis Cárdenas, para darnos un regalo en sus 25 años, que hoy como ayer, vibra en nuestras manos, con la fuerza del aplauso.

En mi cuna musical



Publicado la primera vez en Facebook, el 23 de junio de 2009

Si hay algún maraquero a quien le haría una reverencia hoy día, ése es el negro Laya. ¡Qué gusto para mover las manos! Yo lo escucho y veo como de sus dedos saltan los grillos, la lluvia o un caballo galopante, a veces al trote, a veces paso a paso. Recientemente, acompañó al cuatrista Carlos Capacho, y a la salida, no pude evitar acercármele y darle las gracias por ser como es. Salí un rato del lobby. Al regresar, veo a mi madre conversando con él, diciéndole otros cuantos piropos, sonrojándole con su verbo...
Cuando le cuento a mi hermana Alba sobre esa conversación,  ella me dice: "Y yo lo abracé, y le froté mis manos en la espalda, diciéndole ¡a ver qué se me pega de este músico!".

Así somos los Pedreáñez, o las Pedreáñez, que crecimos escuchando música venezolana, unidas por las cuerdas de los cuatro, mandolinas y guitarras, aprendiendo solfeo con Hugo Corsetti, a tocar en una estudiantina con Nacho Valera, en el Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, y con Orlando Gámez, en la Universidad Central de Venezuela; unidas en el canto y la calidez que representa la música. "Quien crea música no puede abrigar nada malo en su ser", me dijo mi hermana Chally, quien se lo escuchó decir a alguien más. Por eso amo a los músicos de mi país, que me dan el mejor lado de esta tierra mágica, rítmica, armónica, de compases y suspensos. Gracias a mis padres por ese regalo a nuestros oidos y gracias a Dios por acunarlos a todos en Venezuela.