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viernes, 25 de enero de 2013

A Rondalera, con su XIX Promoción


Publicado en Facebook, el 28 de Julio de 2010


Hace una semana, mi hijo mayor se graduó de bachiller en Rondalera. Fueron doce años de su vida los que cerraron con un diploma y una medalla muy significativa, hecha en cerámica, con el logo escolar: los niños en ronda, tomados de la mano, figuras todas diferentes, pero juntas. (Luego me enteré que esas medallas fueron elaboradas por Lucía Pol, hija de una gran amiga, también del LUA, Isabel Garnica y de Santiago Pol).

En esta XIX Promoción de graduandos, tuvimos la dicha de tener a Mercedes Angarita como una de las madrinas. Mecha, para todos, es la directora fundadora de Rondalera. Su formación como antropóloga la podría describir como dijo mi madre: “De la tierra al espíritu”. Y yo la veo a ella, recogiendo la esencia de donde venimos, en los viajes de los trabajos de campo. Colectora de experiencias, costumbres, valores, que los vuelca con los niños en las paredes de su colegio para que todos podamos saborear ese fruto, año tras año.

Mecha sumó sus saberes para sembrar la semilla en esa tierra de mentes inquietas y fértiles. Ella y el equipo de docentes que la acompañan: César, Onías, Xiomara, Maritza, Luciana, Claudia, Visay, y muchos otros nombres que hoy se me escapan, desde primer grado hasta el ciclo diversificado, alimentaron a estos muchachos, no sólo con conocimientos sino con respeto, tolerancia, afecto y visión, para sacar de cada uno de ellos sus mejores criterios, como la raíz y esencia de sus seres.

Son graduados en Ciencias, pero la formación humanista es innata. En el acto de graduación, un evento sencillo pero con discursos de lujo, se pudo resumir lo que maestros y alumnos experimentaron en estos años.

Yo hago mi propio recuento. Recuerdo cuando comencé a buscarle colegio a mi hijo para primer grado. Algunos padres que decían: “Se requiere la fotografía del ecosonograma para garantizarle a un niño el cupo en un buen colegio”. En las solicitudes desesperadas, intenté en La Salle, que exigía que repitiera el preescolar, en el San José de Tarbes (que se iniciaba mixto ese año) donde fue aceptado, en el Agustín Codazzi también, y en Rondalera. Lo que más me gustó fue la prueba de admisión de Rondalera: “el niño se queda un día en el colegio como cualquier alumno, y luego le avisamos”. Eso fue todo: él debía compartir con los demás y atender las instrucciones de la maestra. Con esto fue aceptado.

¿Qué tuve mis dudas?, siempre. Hasta el último mes de clases las tuve. Pero basta un encuentro escolar, ser testigo de las exposiciones de cierre de año, compartir una charla o un debate, para decir, este colegio es el necesario.

Una vez, en una reunión de padres, se conversó sobre la aceptación de niños con dificultades de aprendizaje en Rondalera. “Que me digan si este es un colegio para niños especiales”, espetó un padre. Mi esposo y yo nos miramos; él intervino para decirle que si Rondalera no podía darle una oportunidad a esos niños ¿quién se la daba? No se trataba de aceptar a alumnos con problemas en otros colegios, sino entender las necesidades de cada estudiante para potenciar sus propias fortalezas. Algunos colegios no tienen la paciencia para ello.

Tampoco estoy refiriendo que este es el colegio perfecto, el mejor, el único… Defectos como todos tienen, en una sociedad plagada de deformaciones. Pero tampoco se trata de comparar los métodos educativos, sino de la participación del padre en la observación y mejora del propio entorno escolar. También tuve mis discusiones, con maestros y profesores a quienes hoy día aprecio, porque o ellos rectificaron o me ayudaron a rectificar.

En el discurso del acto de graduación, Charo, la directora les dijo a los jóvenes graduandos: “No importan donde ustedes estén, lo importante es tener un sueño, lo importante es seguir un sueño”, palabras más, palabras menos, explicó que más allá de los miedos y esperanzas había que saber quiénes somos, y en esa claridad estaba la clave del éxito.

De 13 alumnos de esta promoción, otra ventaja de un colegio pequeño, 5 estudiarán en la Universidad Central de Venezuela: filosofía, idiomas, economía, letras... Otros también tienen sus proyectos claros, aunque sea, vivir un año de experiencias propias... Todas las decisiones son valorados, porque al final, ellos son dueños de su elección y responsabilidad.

No me despido de Rondalera por un hijo, pues aún me quedan experiencias por vivie en este colegio, a través de mi hija. Vengo de un liceo experimental, Luis Manuel Urbaneja Achelpohl, en Los Rosales, y así como agradezco la educación recibida, en Ciencias y Humanidades, creo que mis hijos, en Rondalera, encontraron algo similar a lo que yo viví en mi adolescencia. Espero que ellos lo valoren, al igual que yo sigo recordando la casa de estudios que me cobijó.

Un canto en Rondalera


Publicado en El Universal, el 14 de abril de 2007. Para esta versión, lo actualicé con datos adicionales...

Recientemente leí un articulo donde se explicaba que la forma como veíamos la historia es la forma como nos vemos a nosotros mismos. La historia sugiere cómo es la humanidad. Podemos verla a través de las guerras,  en ese sentido más allá de la destrucción que envuelve en sí misma cada batalla, justificamos el derecho de la libertad, de la democracia y construimos la sociedad que creemos ser.

Pero hay otra historia que pocas veces vemos en las aulas escolares, que puede estar en los hechos cotidianos, diversa de acuerdo con cada región del país, y a la vez homogénea en nuestra idiosincrasia. No es fácil identificar en los libros, pero fue un centro educativo, Rondalera, en sus 40 años de existencia, lo que me motivó a asociar aquellas reflexiones sobre lo que somos y cómo nos vemos cuando buscamos nuestro pasado.

No es propiamente las cuatro décadas de esta institución la historia que quiero referir, aunque cabe reconocer su innovador sistema de enseñanza, en el cual la práctica pedagógica incluye el respeto por las diferencias individuales de los alumnos y la necesidad de expresión creadora para su desarrollo integral. Pero su celebración si tiene que ver con la forma en que me gusta reconocerme dentro de la sociedad venezolana.

La Asociación de Padres y Representantes convocó a un encuentro de alumnos y egresados, con unas "sorpresas" musicales:  Rafael "el pollo" Brito, Diego Álvarez (egresado de Rondalera), Roberto Koch (quienes juntos conforman el Bak Trío), Huáscar Barradas, Aquiles Báez, Leo Blanco y Huguette Contramaestre.

Esta es una historia de melodías, instrumentos de cuerda, viento y percusión. Todos estos jóvenes músicos venezolanos han adaptado las tradiciones musicales del país a ritmos innovadores, alternativos, creativos y con un respeto a los orígenes. "El Pollo" Brito no tiene cinco dedos en su mano derecha; cuando toca se multiplican y viajan desde los llanos hasta la costa, definiendo a Venezuela. La guitarra de Aquiles Báez tampoco es una guitarra, se transforma en tambor, o en niña traviesa que juega con las canciones guardadas en el inconsciente. Suena la flauta de Huáscar Barradas y uno se imagina el amanecer en una carretera del llano. Leo Blanco interviene sin anunciarse desde el piano, y se mezcla con el resto de los músicos para cerrar con un toque de salsa y "Llorarás". El cajón de Diego Álvarez y el bajo de Roberto Koch son puntos de encuentro entre el  Pollo Brito, Barradas y Aquiles e inspiran a ex alumnos, padres y amigos a soltar las caderas y brotar del cuerpo la esencia caribeña y afroamericana que nos envuelve.

Es la historia de nuestras mezclas culturales la que dicta el ritmo de esta clase, que en aula abierta, me hace pensar en Teresa Carreño, quien se hizo conocer internacionalmente en el piano, en un tiempo y una sociedad donde rara vez se reconocía a la mujer como virtuosa para la música. Me recuerda a Otilio Galíndez, a Luis Mariano Rivera, a Aldemaro Romero, a Henry Martínez, por mencionar a los compositores que he seguido. Son los sonidos de esta Venezuela los que quiero recordar.

Las aulas deberían llenarse del recuerdo de aquellos venezolanos creadores que dejaron en melodías y letras el retrato del país que ellos vieron con su inspiración. Así como de otros miles de venezolanos olvidados en una sociedad sin pasado, innovadores en ciencia, como Humberto Fernández Morán, inventor del bisturí de diamante; en arquitectura, Carlos Raúl Villanueva; o en gente sencilla como Juan Félix Sánchez...Rondalera celebró con música sus 40 años, una institución que cada año se lleva a sus muchachos con sus mochilas a recorrer Venezuela y a conocerla a través de su gente y sus anecdotas. La música es una herencia que le debemos dejar como parte de la educación, sigo pensando mientras recuerdo esa tarde que cerraba con el himno del centro educativo, que le rinde homenaje a Mercedes Angarita, fundadora y directora del plantel, y cuya letra fue escrita por el poeta margariteño Jesús Rosas Marcano. Me queda en el recuerdo su última estrofa como un eco: "…y cómo se pondría alegre, si (Simón) Rodríguez estuviera".