viernes, 3 de julio de 2015

Un sur explorando a otro sur


Todo fue una sorpresa ese día 30 de junio. La primera, leer pasadas las cinco de la tarde que dos horas después estarían en concierto la banda Street Beat Brass Band de Nueva York, en la Librería Lugar Común. Tenía el tiempo justo para llegar desde el centro de Caracas hasta Altamira.

Me senté en el piso apenas entrar, sorteando un público que no era muy numeroso pero no pensaba estar de pie. La banda conformada por Jeff Fairbanks (trombón, líder/arreglista), Michael Webster (saxofón alto), Jason Wiseman (trompeta), James Rogers (Sousaphone), Vin Scialla (percusión) ya estaba en la esquina donde suelen acomodarse los niños a leer. No creo que pasaron ni cinco minutos cuando comenzaron a tocar.

Foto Carlos Ancheta/ cortesía de Librería Lugar Común.
El dixieland jazz es la música que caracteriza a esta banda, que se apropia de los temas latinos para darle un sello particular a su estilo, un calipso, canciones mexicanas (charros jazzísticos inspirados en la tambora de Sinaloa) fueron incluidos en el repertorio. Si los instrumentos de metal y la improvisación son las cualidades de este particular estilo de tocar jazz (originado en el Delta de Misisipi), la mezcla con una latitud más lejana pero tan similar en la coordenada sur le abre más opciones para la apreciación musical en otras culturas. Hablan de querer incorporar piezas venezolanas, las cuales han conocido más a fondo en esta breve gira por Latinoamérica, y donde nuestro país fue el cierre antes de volver a su hogar. También agradecen con gran humildad la presencia del público en la Librería a sabiendas de que los venezolanos son grandes fanáticos del fútbol y no se pierden ninguna transmisión de competencia alguna en esta Copa América 2015.

Aun cuando refieren su raíz de la música de Nueva Orleans, cada canción es una demostración de que los sonidos tienen la habilidad de amalgamar culturas a través de los tonos y los ritmos que salen de sus instrumentos de metal.

Cuando fueron invitados por la Embajada de los Estados Unidos, se anunciaron dos únicas presentaciones en Chacao y Los Teques (el pasado 26 y 27 de junio), afortunadamente abrieron esta tercera oportunidad (la cuarta era para un evento privado, les escuché decir, cuando una persona del público quería saber si los podría escuchar nuevamente).

Foto Carlos Ancheta/ cortesía de Librería Lugar Común.
Señala la reseña de la embajada americana que el director de la orquesta Jeff Fairbanks es considerado un excepcional trombonista y artista multifacético que brilla en los escenarios newyorkinos. Ganador del Independent Music Award, 2012; National Awards del ASCAP; BMI; Aaron Copland FundNewMusicUSA, entre otros. 

La noche fue breve, ellos inicialmente complacieron una petición del público y dijeron que si había alguna solicitud adicional y ellos conocían el tema podrían tocarlo. Yo tenía en mi mente We Shall Overcome…quería pedirla, pero ante tanta alegría y sabor, pensé que quizás ésa canción no coincidía con el espíritu del momento.

Algo curioso me pasó mientras escuchaba las interpretaciones, los estantes de libros también me hablaban de la música. Por ejemplo, a mano izquierda, recibiendo la gruesa exhalación del trombón estaba un libro rosado (A Fairbanks le gusta vestir color púrpura) con el nombre Orquidea. ¿Una flor, obviamente? no...En Venezuela también se llama orquidea a ese ritmo que se hace con las palmas de las manos a cinco golpes (como los pétalos) plam,  pam,  pam...  pam,pam. Y que los músicos invitaban a repetir. Sobre sus cabezas una serie de cuentos infantiles resaltaba con un título en el medio, "Olivia y su banda"...

La segunda sorpresa de la noche fue el obsequio de un CD con una selección de sus composiciones, cortesía de los organizadores. En este país de carencias, saber que escuchaba a músicos de escenarios internacionales de manera gratuita y además, llevarme un poster firmado y su disco compacto me permitió ratificar que en pequeñas cosas se puede encontrar grandes satisfacciones. Veo que entre sus temas está When de Saints go marching in, que no estuvo en el repertorio y que yo con todo gusto habría cantado un coro. Y con el mismo aliento de sus metales yo me fui cantando por la calle la melodía faltante.

Postdata: Fue muy gracioso que  Jeff Fairbanks me tendiera su mano para ayudarme a levantar del suelo. Fue como si telepáticamente me hubiera escuchado decir ¿Y ahora cómo me pongo de pie? Fue todo un caballero. Se lo agradezco. Esa fue la tercera.

sábado, 27 de junio de 2015

La inspiración de Gerry Weil

Foto cortesía de Emilio Méndez 
Gerry Weil sale con bastón en mano, pero no lo apoya al piso ni una sola vez. Entra al escenario entusiasmado, saluda, y comienza a hablar: "Estoy seguro de que Keith Jarrett no sabe que existe un músico que se llama Gerry Weil, y mucho menos sabe que en Venezuela se hace un concierto en su nombre. Para mí él es un maestro, de quien siempre quise aprender, es un gran músico a quién traté de imitar, no en su virtuosismo, porque eso es imposible, sino en la excelencia y la dedicación con la que siempre ha tocado". palabras más, palabras menos, así inició  Gerry su concierto, una oportunidad de lujo, porque además de ser la primera vez que toca el piano y se acompaña con su voz, se estaba grabando su próximo disco en vivo. Una presentación que nada tiene que envidiarle a las noches en el Blue Note, de Nueva York.

Es su saludo también nos cuenta de su nueva inquietud, lo dice con gestos de niño, con su sonrisa franca y rostro humilde "Este año se me metió el diablillo de cantar, y en este concierto habrá piezas instrumentales y otras cantadas", explica. Tres temas seguidos ya prometen lo que será la gran noche.

A sus 75 años, su cuerpo se ve corvo frente al piano, pero hay una agilidad, un ritmo, incluso un lenguaje gestual entre él y el instrumento que absorbe, tanto como el sonido, la atención del público. Su vitalidad es el pulso de los acordes. De vez en cuando, sus manos señalan al público, mira dulcemente, como si estuviera tocando en la sala de su casa para su familia, sin perder la sensación de cada vibra de las notas.

Keith Jarrett cumplió 70 años el pasado 8 de mayo. Mientras Weil interpreta el primer tema de la noche My Song, del artista a quien rinde tributo, imagino que a través de las redes sociales le escribo: "Mr. Keith Jarrett, you must to meet a venezuelan musician named Gerry Weil, he is honored you playing the piano, and singing because he admired you. He is a great pianist too. You have to know what is happening tonight in Caracas"...

No sigo pensando en cartas imaginarias, porque la voz ronca de Gerry envuelve el escenario. Canta como Louis Amstrong, es puro sentimiento cuando interpreta God bless the Child, de B. Holliday, antes sumó a su repertorio Caracas a las 11, de su propia autoría. también le dedica un hermoso tema a su esposa, Omaira, y cuando canta no deja de mirar hacia donde ella está sentada.

Gerry ha sido un maestro de grandes músicos en el país. Ha compuesto temas para el cine. Brisas del Ávila, acompañado de Carlos Nené Quintero en la percusión y Pablo Gil en el saxo, es una canción que todo venezolano debería tener en su pinacoteca (busquen el disco Empatía) Los ritmos de nuestro país se mezclan con la sensualidad del jazz. Jarret cuenta una anécdota sobre su primera presentación en Brasil y cómo los organizadores estaban sorprendidos de la forma en que él había interpretado los sonidos del país carioca. Él explica que no era su intención adoptar esa musicalidad, ni siquiera la había estudiado, pero que seguramente la energía del público le hacía sentir que ésa era la manera que debía ejecutar el piano. En el caso de Gerry Weil, quien adoptó nuestro tricolor como su patria, y se enamoró de los ritmos del merengue y el joropo para poner su propio sello musical, le regaló al país su propia melodía e inspiración. El jazz de Venezuela no estaría completo sin su nombre.

I'm begining to see the light, un tema de Duke Ellington se anuncia cuando ya está por concluir el concierto. "Esta es la canción que me inspiró a cantar. Se hizo en el año 1929, cuando yo aún no había nacido"...y las teclas del piano y su voz siguen cautivando a su público, que le retribuye su energía y amor, en el aplauso.

Fue un momento único. Pero ya pronto se anuncia una nueva presentación de este concierto. Mejor apuntarse en esa próxima cita para escucharlo, esta, mi vivencia, se queda corta.

El programa de la noche:

GERRY WEIL—HOMENAJE A KEITH JARRETT
SALA B.O.D., CARACAS
19 / 06 / 2015

1- My Song                    Keith Jarrett
2- Caracas a las 11         Gerry Weil
3- God bless the child    B.Holliday
4- Falling Grace             S.Swallow
5- Free Play                   Gerry Weil
6- Halleluya                   Ray Charles
7- Musashi                     Gerry Weil
8- Nefertiti                     Miles Davis
9- Kingyo                       Gerry Weil
10- Summertime            G.Gershwin
11- El Encuentro            Gerry Weil
12- Ain't misbehavin      F.Waller
13- I'm beginning to see the light   Duke Ellington
14- Memories of tomorrow            Keith Jarrett

Nota: Este concierto se realizó hace una semana, y la buena noticia es que muy pronto se va a dar una nueva presentación. o se lo pierdan.


¿Y quién es Keith Jarrett?

Comenzó a tocar piano a los tres años, y se le conoce por sus virtuosas improvisaciones de jazz, bien en solitario o con su trío, así como por sus interpretaciones de la música clásica, de Bach o Mozart.

 "My job over the the years has been not to make great music but to become ever more conscious of what it is I' doing and what I'm perceiving...I'm allowing the music to be placed, and if there's something that needs to be done, I'll do it. If I play a poor concert, I'm ruined. I just given myself toxin. I make myself the víctim of my music..."
Entrevista The Jazz Martyr, por Andrew Solom
The New York Times


Y algo más de Gerry Weil:  Escuche Caballito frenao





jueves, 11 de junio de 2015

Señales de la ausencia

“Uno cree que la realidad crea las imágenes y es todo lo contrario, 
las imágenes crean la realidad”.  
Javier Cercas.   
Anatomía de un instante    


No existe fecha precisa del inicio de la serie fotográfica que Violeta Ramírez Villamizar expone como parte de una trayectoria como observadora del mundo. Quizás medien unos 10 años, desde aquella primera vez que el insomnio y la nostalgia por los ritos no cumplidos durante un paseo fugaz por tierras nuevas la hizo dejar el testimonio de la primera impresión, en medio del jet lag.

Así fue como bautizó su exposición: “Jet Lag”.  La fotógrafa estableció una constante que le permitiera mantener algo coherente en ese itinerario que su profesión trazó por el mundo. Decidió reservar una habitación en el tercer piso de los hoteles céntricos, con vista a la calle principal. Desde allí, observaba el paisaje hasta encontrar aquello que le parecía diferente, curioso, que le quitara el aliento, incluso, que la hiciera olvidar los mareos o desvelos.

“Como no tenía mucho tiempo para visitar los lugares turísticos, esto se transformó en un rito de despedida a la ciudad que no podía recorrer.  Me llevaba de recuerdo la primera impresión del viaje”, relata Ramírez Villamizar.

Todo comenzó una madrugada, tras su arribo a Amsterdam. Desde su ventana observaba a una pareja haciendo semicírculos en una bicicleta, ella sobre el manubrio, en un estrecho callejón rodeado de pequeños cafés en vías de cerrar.  La noche y las sombras que se proyectan en el pavimento despiertan en ella una lectura poética, es la despedida de los amantes, la prolongación de una separación que aún quieren posponer en la madrugada. Ella les regala en la cámara el  eterno encuentro. La vida circular. Queda inmortalizado el momento; para siempre, los ciclistas permanecen unidos en un viaje a ninguna parte. Una sola sombra, bajo la luz de los faroles del callejón, fundida en un personaje bifronte sobre la silueta de los grandes rines distorsionados en la proyección de la luz…

Violeta finalmente ve al caballero alejarse, mientras ella se recoge en uno de los locales,  pero eso no está en el registro de su cámara. La historia que Violeta Ramírez pudo continuar desde su propia experiencia no existe en la sala de exposiciones. Sólo su testimonio da fe de ello. Lo único que ha sido, finalmente,  es aquello que la cámara contuvo entre pixeles, y que el visitante interpreta desde su propia subjetividad.

A veces, la fotógrafa cambia el encuadre de su objetivo de caza, sólo porque la presa del momento se le aparece en plena vía pública.  Así sucede en la foto de un turista que fotografía a un grupo de estudiantes de arte que realizan sus bocetos del Aya Sofía en Estambul. Los dibujantes, sentados en los bancos de los turistas, hacen cada uno sus bocetos particulares de la otrora catedral y actualmente mezquita y museo. El turista se detiene frente a ellos, y desde ese ángulo alcanza a retratarlos de espaldas, más interesado en el edificio patrimonial que en los artistas, pero la foto de Violeta Ramírez, alcanza a dibujar una diagonal entre el Aya Sofía, los dibujantes, sus bocetos, y el camarógrafo concentrado en su propia foto. El espectador sigue formando parte de esa secuencia cíclica de alguien que observa a alguien observado.

En cada imagen, aparece el gentilicio de los pobladores. En las fotografías de Violeta, el momento adquiere una sedimentación en el espacio, el que acaba de conocer, y se detiene para hacer suponer al espectador una historia, un continuo suspendido en la memoria y que sólo la imaginación deshace para seguir transitando a las suposiciones de quien mira los retratos.

El viaje 

Curiosamente, la fotógrafa no es protagonista en sus imágenes, ella es quien activa el parpadeo del obturador, que perpetúa la circunstancia.  El ojo de la cámara se pasea por las calles de Bogotá, D.F. en México, Buenos Aires, Estambul, Canadá, Amsterdam, Marruecos, España, Roma, Praga, Frankfurt, y otras ciudades se reducen en el tiempo, y es el paso del tiempo el verdadero viaje de esas imágenes.

La verdadera nostalgia, o efecto “jet lag” que se imprime en la forma es el recordatorio de que allí hay algo que ya no será más. Pero la narración visual y la reafirmación de la continua desaparición del momento, seguirá existiendo desde la conciencia del que observa la foto, en su pensamiento, y hasta puede encontrar en ella elementos familiares; o todo lo contrario, descubre algo jamás visto.

En la secuencia no hay una historia subyacente, ni siquiera importa si se recoge la cronología de los destinos que fueron señalados. Apenas se reconcilia el momento con la trascendencia en el tiempo, y es así que la existencia de la imagen no se limite a ser una representación de la realidad, sino que se manifiesta más allá de la recreación, o la creación de una situación, o de una circunstancia que ante el observador va naciendo como una suerte de conciencia o  discurso analítico, que toma de sus propios recuerdos para construir individualmente el significado.

Un mexicano, vestido con su traje de charro, carga en cada brazo sendas macetas de rosas. Más adelante, una mujer parece esperarle en la puerta. Ella descansa en el rellano, observándolo, de brazos cruzados, él simplemente camina haciendo equilibrio con las plantas, una de rosas rojas, otra de rosas blancas. Se rompe en esta imagen la cultura del macho mexicano, que separa abismalmente el rol del hombre del de la mujer. Es una visión del mundo, donde a veces la belleza queda escondida. La verdad del instante prevalece sobre lo estético.

En Bogotá, cerca del palacio de Justicia, la diagonal que percibe la fotógrafa desde su hotel, es una calle repleta de caballeros con sombreros oscuros, todos con traje oscuro, todos con corbatas de tonos oscuros y todos con camisas blancas, parecen diputados o abogados cercanos a un tribunal, esperando su turno para ser llamados a la sala. Una dama camina en sentido contrario, por la calle del medio. Los caballeros parecen estar en una convención callejera, manipulan legajos de papeles, fuman, se reúnen en semicírculos. Ella también lleva traje oscuro, y un portafolio de ejecutiva. Apenas uno de ellos, gira la mirada furtivamente hacia ella.  Los rostros de los demás, quedan ocultos entre las alas de los sombreros y su posición de espaldas.

Ese gesto no lo había detectado Ramírez Villamizar al momento de tomar la foto. En aquel preciso instante, lo que a ella le llamaba la atención era el todo, la actividad grupal, la cotidianidad de esta urbe, que le hizo alguna referencia con la cultura de los muiscas. Aún así, la imagen que prevalece cobra su real existencia por el instante que le fue revelado, por la discreta irrupción del obturador, como el simulado interés por la extraña que también irrumpe en el grupo. Ése es el punctum de la imagen.

La fotógrafa no crea la situación, más sí deja aparecer la imagen que está buscando, desde la cultura visual que ha desarrollado en cada viaje. Y hasta de la nada hace una lectura. Es así que el cierre de la serie sea una calle caraqueña nocturna, subyugada por las ausencias,  no hay transeúntes, solo fachadas apenas  iluminadas, como si albergaran los fantasmas de todas las demás fotografías; como si en la carencia de personajes se reflejará el todo; como si el silencio se manifestara en los objetos; como si la nada expresara el rito final de soledad de Ramírez Villamizar, quien se encuentra siempre, con cada postal, en una constante partida.

Inger Pedreáñez

Nota: Este texto es el resultado de un taller con Erik del Búfalo sobre Filosofía en la Fotografía, en la Organización Nelson Garrido. Realmente la experiencia de compartir con tantos fotógrafos (profesionales, amateurs, aprendices, amantes de la fotografía) y escuchar sus propios escritos sobre una crítica o reseña imaginaria, sólo me dejó la conclusión del talento y la dedicación que muchas personas están poniendo adelante para hacer su entorno diferente a lo que carcome cotidianamente. 

Efectivamente, todo lo que leyeron es ficción. Realmente lo escribí como si fuera un cuento. Espero que no sientan que les hice perder el tiempo con lo que nunca ha ocurrido para hablar del hecho fotográfico. Ojalá la imaginación siga siendo para todos el vuelo de liberación.